El tema insiste con filtrarse en la agenda pública. Lejos de relegarse a un segundo plano, el reconocimiento institucional del Estado por los crímenes de lesa humanidad cometidos en la dictadura, en especial a la familia Gelman -tal como había ordenado la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)- terminó provocando un terremoto de comentarios políticos en el gobierno y la oposición. Ni anestesistas ni inseguridad pública ni ola polar ni un nuevo aparato tecnológico para el Británico. La realización del acto en el recinto de la Asamblea General involucró a los partidos políticos no sólo en una discusión meramente política sino también gestual: el estar o no estar presentes en ese momento, en ese instante en el que el Estado se hacía cargo de las torturas, asesinatos, robos y secuestros durante una de las etapas más negras de la historia uruguaya. La presencia física centró el debate inmediato para luego ceder las primeras planas al debate en torno al perdón.
La presencia, por ejemplo, de los militares. Ese también fue un tema de debate, aunque a la interna del gobierno. Al principio, Fernández Huidobro dijo que iban todos: comandantes en jefe de las tres fuerzas, el Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada, y de todos los oficiales correspondientes a cada fuerza: generales, brigadieres generales y almirantes. Después terminaron yendo sólo los comandantes. Pero no fue el único asunto polémico puertas adentro de la Torre Ejecutiva: el gobierno debió insistir durante los días previos al acto que se trataría de un “reconocimiento institucional” y no un “perdón”. Insistieron, porque la duda se había desatado a la interna del propio gobierno. Al final, ganó la tesis del “reconocimiento”. En ambas, Eleuterio Fernández Huidobro tuvo un peso decisivo. Tres semanas después, volvió a referirse a este último tema. Fue durante un almuerzo de la Asociación de Dirigentes de Marketing (ADM), con cantata de cuchillos, tenedores y platos de fondo.
Están los que dicen: “Estaba en pedo”. O “Se le fue la moto”. O “Es Churchill”. No importa. En su speech ante el empresariado, Fernández Huidobro dice varias verdades, varias mentiras y algunas guarangadas. Dice Huidobro sobre el perdón: “”Pedir perdón es muy fácil. Hay poca gente que se anote para perdonar. Pedir perdón es muy fácil. Perdonar es difícil. Y veo que hay poca gente que se anote en la fila de los que están dispuestos a perdonar, ¿no?”. Se equivoca Huidobro. No parece demasiado fácil pedir perdón. El ejemplo más claro lo tiene todas las semanas en su despacho: ninguna de las tres fuerzas ha pedido perdón por sus delitos durante la dictadura. Y, en todo caso, ¿acaso el perdón tiene que estar sujetado a su aprobación? La respuesta es difícil. Pero, en todo caso, se trata de un acto deliberado, consciente, de aceptación propia, que no necesariamente va a ser correspondido, pero que en esencia se motiva por una cuestión interior, de conciencia.
Supongamos que eso es discutible, pero lo que sí no es discutible es banalizar el tema en cuestión –una verdadera autocrítica, profunda, sincera, del accionar del MLN entre los 60 y principios de los 70- al punto de decir que “es medio de imbécil” pedir perdón conociendo sus consecuencias. Pero va más allá Huidobro. “Vos pedime perdón que yo después no te voy a perdonar. Y bueno, andá a la puta que te parió hermano”, ridiculiza. Como si el insulto potenciara el argumento, Fernández Huidobro hace una provocación innecesaria, aunque sin un destinatario claro. No se sabe si se lo dice a los familiares de los detenidos desaparecidos o a sus propias víctimas, pero la guarangada despierta, entre cuchillos, tenedores y platos, aplausos y risas. De ser la protagonista del stand up Daisy Tourné, y el presidente, Tabaré Vázquez,… ah no, pará, esa fue de verdad. En la gestión anterior, no estaba permitida (demasiada) alaraca. Pero Fernández Huidobro no es Daisy Tourné ni, José Mujica, Tabaré Vázquez. Se trata de dos ex guerrilleros tupamaros que, del 85 para acá vinieron teniendo un proceso de creciente equiparación con sus ex archienemigos, los militares. Bajo el paraguas de la imagen del combatiente, ahora son camaradas.
En el medio se le escapa otra verdad a Huidobro: el perdón debe ser más abarcativo que el que se propone para militares y tupamaros. Y también debe incluir al Embajador de los Estados Unidos, el Embajador ruso (ex Unión Soviética), los directores del diario El País, los grandes medios de prensa, las grandes gremiales patronales, y los partidos tradicionales, muchos de cuyos afiliados fueron golpistas. “Bordaberry, por ejemplo, tienen que estar”, explicó el ministro. La referencia roció con nafta el loft de Vamos Uruguay, que se prendió fuego después que el diputado Fernando Amado aceptara esa implicancia mientras todo el resto la negaba. Una implicancia que ni siquiera es producto del análisis político. Es un dato de la historia que, hablando de educación, debería estar marcado a fuego en los textos educativos.
Siguieron las guarangadas. Como la adjetivación de Jesús como un “flaco” al que “lo crucificaron por gil” para referirse a la cultura occidental y cristiana en la que está basada nuestra sociedad, otro argumento para esconder el bulto y evitar el “perdón”. La referencia reavivó el debate en torno a la laicidad y el rol de la Iglesia Católica, a la que, dicho sea de paso, Huidobro no mencionó entre los invitados a la mesa del perdón. Se invitaron solos. Bastó que el obispo de Minas, Jaime Fuentes, integrante de una de las corporaciones más fuertes en el país, el Opus Dei, haya enviado una carta al ministro criticando su alusión a Jesús para que todos recordáramos que ellos también tendrían que estar presentes en el pedido de disculpas, aunque en su caso particular se necesiten varios actos consecutivos: uno para los familiares de detenidos desaparecidos, otro para los homosexuales y otro para los niños abusados. Por lo menos.
El almuerzo terminó con indigestión: Fernández Huidobro recordó su condición de ex preso para remarcar que su opinión, y la del presidente de la República, es que “tener gente de determinada edad para arriba adentro de una cárcel” es “un disparate”. Esta vez, paradójicamente, los que faltaron a la cita fueron los adjetivos: asesinos, ladrones, secuestradores express y torturadores, además de responsables por la ausencia de garantías jurídicas –y de cualquier otro tipo- durante once años. Jesús era gil, pero esta banda de delincuentes no merece más que la calificación de “gente de determinada edad para arriba”. Es difícil imaginar a cabalidad la razón de tales dichos. Porque esto no huele a humanidad. Huele a lesa humanidad. El tema seguirá volviendo, una y otra vez, hasta que Huidobro se deje de guarangadas, la Iglesia Católica asuma sus responsabilidades y el gobierno desenmascare definitivamente a las corporaciones –incluso las propias- que siguen enterrando la verdad. Porque si el perdón es tan difícil, será cuestión de cantar la verdad, toda la verdad. El resto es stand up.
Ricardo Scagliola @radicalfreedom






